Sin ticket de retorno, sin área de descanso. Texto de Mario Ortega

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Sin ticket de retorno, sin área de descanso. Texto de Mario Ortega

Aproximadamente a mediados del siglo I.V. a.C. Platón escribió el diálogo que lleva por título Crátilo (Κρατυλος). En dicho texto el filósofo ateniense plantea una conversación ficticia en la que Hermógenes le pide a Sócrates que intervenga en la discusión que éste mantiene con Crátilo acerca del nombre y significado de las palabras, sin embargo, otra idea subyace dentro del mismo relato: la doctrina del flujo perpetuo, o dicho de otra forma, el desarrollo del concepto Panta Rei (Πάντα ῥεῖ) -que vendría a significar algo así como “todo fluye”-, atribuido por Platón a su colega Heráclito. En este mismo momento, en una cultura totalmente diferente a la anterior como es la oriental surgió el Tao Teh King, un escrito realizado según la leyenda por Lao Tse en el cual se asientan las bases de la filosofía taoísta. En dicha doctrina se define el tao como el flujo continuo del universo a través de un movimiento lento pero que nunca para, una oscilación que se manifestaría por ejemplo a través de la variabilidad de estaciones, de los ciclos vitales o de las mutaciones de poder, entre otros muchos. Estos conceptos expuestos por Platón y Lao Tse afirman que la única constante en el universo es el cambio y, aunque casi han pasado 2.500 años desde entonces, el mismo principio de permuta tiene su reflejo en la propuesta de Lucía Morate titulada Panta Rei. 

Las imágenes que componen Panta Rei son la muestra del interés que en la autora suscitan las sucesivas transformaciones sufridas por los elementos, el cómo una cosa lleva a otra pero continuamente se repiten los mismos patrones. Pese a ser éste un trabajo cargado de información está compuesto por imágenes en las que aparecen escasos elementos, no tienen una gran carga visual, pero aún así, en esa sutileza la artista es capaz de reflejar una serie de emociones que cultivó en su interior logrando de esta forma que en su obra también se cierre el círculo. Para llevar a cabo esta serie Lucía se sirvió de la fotografía, una técnica que comúnmente se suele emplear con el objetivo de capturar aquello a lo que se dispara, pero que en cambio en esta ocasión funciona como interrogante, como terapia, como soporte sobre el que explorar el interior y el entorno. Su finalidad es dar respuesta, no poseer.

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Continuando con la idea que sirve como premisa para estas fotografías, es posible afirmar que tanto el ser humano como el entorno en el cual éste reside están inficionados por la mutabilidad: quieran o no ambos fueron, son y serán moldeados por el paso del tiempo. El cambio que genera el devenir constante castiga con severidad al individuo y a su ambiente, cada año que pasa les transforma, les ocasiona una serie de modificaciones externas, pero no hace falta un espacio de tiempo tan amplio dado que el rostro sereno que cada uno procura compartir ante la sociedad en todo momento suele trastocarse instantáneamente ante la menor agresión. Por mucho que se desee vivir siempre en las buenas épocas y se pretenda hacerlas eternas es imposible que la identidad se mantenga impasible ante la serie de estímulos -tanto internos como externos- a los que se enfrenta cada día, siendo el resultado de este encuentro la modificación del yo. Igual ocurre con el entorno que se ocupa, los lugares cambian, no es extraño que tras pasar una etapa fuera del hogar al regreso se enfrente un paraje completamente diferente del cual se dejó al partir. Tanto el devenir del tiempo como las experiencias sufridas provocan una serie de marcas en los seres vivos y en las estructuras en las que desarrollan sus vidas; ese es el mensaje que Panta Rei transmite, unos interferimos con otros y cada acto tiene consecuencias. Se puede considerar este hecho como un proceso de maduración, sin embargo madurar no es más que el acto de descubrir que todo aquello en que creías se vuelve falso y, que a su vez, todo cuanto rechazabas resulta ser cierto. 

La vida es frágil e inestable, son dos principios irrefutables los cuales se deben asumir cuanto antes. Pese a todas las tentativas el ser existe para morir, el final de esta historia de altibajos ya es conocido. Haruki Murakami dijo: “todo pasa. Nadie tiene algo para siempre”. Sin embargo no hace falta llegar hasta el último día para presenciar finales ya que continuamente el tiempo se agota, todo se transforma antes de que el hombre pueda adaptarse a ello. Partiendo de este pretexto toma relevancia dentro de cada ser lo sublime, la ruina, el hecho de imaginar lo que supone el devenir: la inevitable degeneración del entorno, del cuerpo y del yo, y a la vez el surgimiento de nuevos elementos en un ciclo sin fin al cual nunca se podrá adelantar. La vida es un continuo cambio: el niño aún no sabe lo que es horrible, pero el hombre lo sabe y tiembla ya que en su madurez es consciente de que nunca deja de estar en un estado crítico, no puede sentir la seguridad de alcanzar un estado permanente, incluso los momentos más bellos y adorables son, a pesar de todo, desesperación, dado que son fugaces y ya conoce que en algún momento van a terminar. Por ello toda inocencia, seguridad y paz son ilusorias, acabarán transformándose en la posterior angustia. No importa ser valeroso, honesto o generoso, porque el resultado es para todos el mismo: una infinita tristeza, el tormento más atroz no es cosa de ultratumba, sino de la vida, tarde o temprano.

Cada existencia se encuentra en un devenir constante, por ende, no es posible aferrarse durante mucho tiempo a los extremos ya que siempre se regresa al punto de partida, pero eso sí, habiendo dejado un determinado rastro en el camino. Éstas marcas que origina el devenir en el individuo y su entorno son el elemento central de cada una de las imágenes que componen Panta Rei; señales que el tiempo dejó en el aspecto o contexto del hombre, las cuales dan fe del concepto que la muestra quiere transmitir. En el ser humano la piel es la principal receptora de dichas huellas dado que funciona como una especie de barrera entre uno mismo y el otro, entre el interior y el exterior de cada individuo. Es por ello que se encuentra continuamente ante el riesgo de sufrir una agresión por la cual sin duda quedará señalada. De igual manera es muy sensible ante los elementos de la naturaleza, las circunstancias ambientales y los cambios psíquicos, por lo tanto sirve como barómetro del bienestar físico y emocional. Igual que la salud y la armonía en general suelen reflejarse en la lozanía de la piel, toda dolencia, contacto con personas tóxicas o los conflictos psicológicos pueden manifestarse a través de enrojecimientos, salpullidos, inflamaciones o alergias. En definitiva, cada señal que aparece en la dermis da fe de una historia, algo que marcó al individuo, pero que sin embargo parece que se esfuerza en ocultar. El hombre moderno continuamente se preocupa por parecer impoluto y virgen de experiencias, la sociedad aprecia una piel impecable y joven, por lo que no tiene problemas en gastar una gran cantidad de recursos en obtener una serie de cosméticos cuyo único fin es el de ocultar las huellas del paso del tiempo; pero las marcas más profundas no son las que quedan en la piel, sino las que aparecen en el interior de ésta y no son apreciables a simple vista.

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Es bastante sencillo observar el desarrollo físico vivido por un individuo, pero, aunque más difícil de apreciar, más profundo es el cambio que se produce en la personalidad del mismo. Lo que es el ser en realidad, lo que en él hay de sentimiento, conocimiento y voluntad, depende en última instancia de lo que se encuentra en su interior. No obstante, lograr conocer en profundidad al prójimo es bastante complicado ya que muchas veces el sujeto no sólo se esfuerza de sobremanera en ocultar aquellos aspectos que no desea mostrar, sino que además estos se transforman a lo largo del tiempo. Las personas normales cambian sus ideas, dudan y se contradicen -las creencias inamovibles son un invento de las mentes recias-. Cuando un hombre está vivo es suave y flexible, cuando está muerto se vuelve rígido y duro, por lo tanto, el cambio del pensamiento es síntoma de vida e inquietud. Si bien la opción de cambiar el yo a lo largo de la vida ofrece la ventaja de poder ser lo que se desea, la situación contraria, hundirte desde aquello que querías ser en el olvido, es un proceso en el cual la angustia cae de pronto en el individuo. El ciclo se completa, pero el eterno retorno deposita la desesperación en cada persona. 

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Pese a ser inconformista por naturaleza, la verdadera permuta del ser humano difícilmente sucede tras una reflexión interna, sino que llega cuando algún acontecimiento marca una ruptura profunda entre el yo y lo inmediato. La dificultad hallada entonces exige un alejamiento con todo lo que se daba por seguro y hace que el malestar causado lleve a querer ser algo diferente a lo que se era. En definitiva, los cambios se producen a través de las experiencias, pero el futuro reserva más tiempo del tolerable para lamentarse de los errores cometidos en el pasado, es por ello que las inquietudes generadas por la debilidad del pensamiento, de errar en los juicios y lamentarse posteriormente por ello, han generado desde tiempos ancestrales la necesidad de consultar las futuras decisiones a un intermediario entre el ahora y el futuro. Claro que es fácil recibir los bueno augurios, aceptar los cambios placenteros que suceden dentro de cada uno cuando las cosas van bien, sin embargo, ¿cómo puede reaccionar una persona positivamente ante un futuro que le atemoriza? Cuando las situaciones le superan, esas en las que el sujeto intenta aprehender algo grandioso, se genera dentro de cada ser la sensación de lo informe, de lo desordenado y de lo caótico. La reacción entonces es obviamente dolorosa, la persona se queda en estado de suspensión ante ese estímulo que le excede y sobrepasa, se enfrente a una amenaza que se cierne sobre su integridad, generando en él impotencia y vértigo, sentimientos combatidos y vencidos en la mayoría de las ocasiones por una reflexión segunda a través de su propia superioridad moral. Cuando adviene una situación que evoca en el individuo la idea del final éste se encuentra frente a frente ante aquello que le sobrepasa y le espanta. Aproximarse a esto produce que quien lo encare quede destruido o en trance de destrucción, por lo que la persona que sale de ese periplo nunca es la misma que entró en él. Quien se adentra en el laberinto y encuentra la salida ya no ve las cosas de la misma manera, quien se asoma a las zonas más oscuras y ocultas del subconsciente deja en el viaje jirones de la propia piel.

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Condicionado por la premisa del cambio constante y ante la imposibilidad de contener toda una vida en la memoria -los recuerdos también se olvidan o se modifican a lo largo del tiempo- el ser humano buscó la forma más factible de retener la mayor cantidad de las improntas que aparecen en su camino. Fue a principios del siglo XIX cuando se halló una posible solución a este problema a través del recurso de la experiencia capturada que facilita la fotografía, la técnica que alcanza la posesión imaginaria más acertada del pasado, dado que, una vez terminado el acontecimiento captado, la imagen aún existirá, confiriéndole así una especie de inmortalidad al momento elegido. El mundo de las imágenes procura sobrevivir a cada uno de los hombres. Hacer una fotografía demuestra el interés especial del autor por las cosas tal cual están, es un arte impregnado de patetismo dado que aquello que representa la fotografía es un momento que no se volverá a repetir, una imagen que perdió su ánima, un parón en el flujo del cambio constante. Es por ello que se puede afirmar que este arte es en sí Panta Rei, congelar el tiempo en imágenes hace al artista y al espectador conscientes del cambio, de la vulnerabilidad y la mutabilidad de aquella persona o cosa retratada, atestiguando de esta forma la despiadada disolución de cada momento. Puede que fuese esta condición elegíaca lo que llevó a Lucía Morate a decantarse por la fotografía para representar las ideas que dan origen a esta serie, aunque también puede ser una cuestión interna; suele decirse que es la gente despojada de su pasado la más necesitada de tomar fotografías. En definitiva, ante la imposibilidad de poder parar el tiempo, de modificar las actuaciones pasadas ni detenerse en el viaje, quizá la mejor opción es la de intentar retener la esencia de las experiencias vividas tanto en imágenes como en la propia piel.

Mira Panta Rei en el #Dossier de Lucía Morate

Mario Ortega

Mario Ortega Sánchez (Salamanca, España. 1988), Graduado en Historia del Arte (Usal 2015), también es Técnico Superior de Artes Plásticas y Diseño en Gráfica Publicitaria (Escuela de Arte y Superior de Conservación y Restauración de Salamanca 2009), y Técnico Superior en Diseño y Gestión en Artes Gráficas ( IES Torres Villarroel 2011). Ha colaborado junto a instituciones como Ediciones Universidad de Salamanca (2015), muestras como Ugly People Are Beautiful (2013) o publicaciones como la revista Meik (2014-15); sin embargo su proyecto más personal es Ardentía (2016) una serie fotográfica realizada junto a Javier Jiménez. Forma parte de la asociación Vitamina Creativa y del colectivo recientemente formado La Barba del Unicornio.

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