Nocturno. Exposición de Ricardo Atl. Texto de Luis Rius Caso

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Nocturno. Exposición de Ricardo Atl. Texto de Luis Rius Caso

¿Qué haré, pues? Intentaré hallar una salida, y diré que la melancolía, si así lo quieres, no procede de Saturno; o, si necesariamente procede de él, entonces convendré con Aristóteles, que la describió como un don singular y divino. 

Marsilio Ficino.

 

A carbón y plomo Ricardo Atl entra a saco en el cuerpo indeterminable de la realidad, doblando la hoja del día para entrar por la noche, con las pupilas dilatadas en la oscuridad que materializa a la mirada y revela a los símbolos que se dibujan en la espesura del vacío y de la noche.

Entre indicios dejados por el fuego, con sensación a plomo, tanto el imaginario como los objetos y el pulso de este artista destilan una inquietante estética de ambivalencias. La toxicidad de materiales y efectos diversos se conecta, de manera inquietante, con una fascinación ejercida por esa extraña y perturbadora belleza que se asocia a lo monstruoso, a la guerra y a la muerte, y sobre la que han escrito autores tan notables como Edmundo O´Gorman y Alessandro Barico: el primero en su célebre estudio sobre la Coatlicue, el segundo en su glosa sobre la Iliada de Homero.

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A partir de citas y glosas a cual más pertinentes, Ricardo Atl establece proximidades y complicidades con José Clemente Orozco, Píndaro y Alberto Durero, sobre todo, en su fino ejercicio de purificación. Lo real es el objetivo, como indica el letrero extraído de la prensa, aunque el acceso a lo real suponga un concienzudo e interminable proceso de desmantelamiento de  construcciones y determinaciones culturales, como aquellas que dichas en latín, suenan más profundas.

A plomo y carbón, con el fuego de su inteligencia y de su praxis, Ricardo Atl purifica nuestra visión de lo real-colectivo, con los colgados que superaran cualquier ficción, cualquier pronóstico de encontrar suspendido en el horizonte de la realidad semejantes objetos, advertidos por los terribles signos orozquianos. Limpio de adornos, de palabras que pueden no ser más que la objetualidad de los libros que las contienen, de símbolos vaciados de significado (y de sonido, como la campana), lo real se nos revela a través de guiños en el alambrado de púas, en la caja que muestra su vacío interior y exterior, en los peones-bala que constituyen una metáfora perfecta del ajedrez actual, en el que sobresalen las ausencias, dentro del tablero, de los dioses que tejen la trama de polvo y tiempo y sueños y agonía.

 Al artista y a su obra los ilumina el mismo sol negro que abrazó a Durero. Parafraseada en tercera dimensión, la piedra de la melancolía que plasmó el artista alemán en su célebre grabado, adquiere una apariencia sorprendente. Seduce su reducción a escultura en madera carbonizada; su desplazamiento a una concreción material que pareciera atentar contra la preservación que como idea, le ha garantizado la bidimensión. Emociona apreciar así al dodecaedro; poder tocarlo y sentirlo en ese material y en ese color, que es asociable a la purificación, a la putrefacción, a la melancolía. También a Saturno y a su metal característico: el plomo.

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Qué hay más allá de los escenarios sobrecogedores de este artista, como el que protagonizan con su rara belleza los ahorcados. Qué ver más allá de esta impactante estética saturnina. Qué ver más allá de los sorprendentes objetos de plomo, de las espléndidas maderas ennegrecidas por la acción del fuego. ¿Se limita Ricardo Atl a presentarnos, con toda la fuerza de su talento, una variante más de nuestra trágica realidad, de la abyección que tenemos naturalizada como shock de lo real? No; el artista va mucho más allá: si bien su trabajo tiene que ver con esa tendencia que ha investigado en torno a la dicotomía realidad/construcción (también entendida como nuevo realismo), ha sabido ver y trabajar a la sombra de los objetos y del arte, en esa zona en la que han permanecido invisibles sensaciones y nuevas posibilidades de sentido. El misterio atraviesa este campo sembrado de símbolos, y también una inteligente esperanza: la que promete el plomo de transformarse en oro, como lo esperaban los alquimistas y los sabios que atribuían a los hijos de Saturno esa capacidad. Es la que esperamos en personajes y procesos que de las cenizas produzcan verdaderas transformaciones sociales. Es la que esperamos de esa figura que a principios del Renacimiento nació vinculada al poder creativo de Saturno: el artista. No es gratuito que sea Ricardo Atl, quien en plena época de redefiniciones conceptuales, nos recuerde esto, con la profundidad y contundencia de su trabajo.

Luis Rius Caso

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Equipo CirculoA
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Equipo editorial y de investigación de CÍRCULO A Información de Arte Contemporáneo en Iberoamérica

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